Alguien que empezó en esto tan al principio de los tiempos blogueros como yo lo hice, allá por el 2003, cuando si le preguntabas a alguien si sabía lo que era una bitácora, lo único que se le ocurría era el cuaderno de navegación del comandante Cousteau en el Calypso, alguien así, digo, estaba abocado, irremediablemente, a caer en la tentación. Y no vencerla.

Oí hablar de BUBOK en un reportaje de Telemadrid, y supe que terminaría publicando mis relatos allí. Era demasiado fácil, yo ahora tenía bastante tiempo, y quizás era el momento de dar un paso así: después de tantos años escribiendo, necesitaba ver algún resultado que me ayudase a seguir adelante, algo concreto, palpable, con olor a papel nuevo y tinta de imprenta. Dotar de realidad a algo demasiado volátil. Y podía ser. De manera sencilla. ¿Por qué no intentarlo, y ver qué pasaba?

Así que, ya está. Tengo un libro en el mercado. Sé que no me retiraré con los beneficios de las ventas para escribir la novela de mi vida, estoy ilusionada, sí, pero soy realista, y tampoco era ésa la idea. En realidad, todo esto es, en cierto modo, una forma de cerrar un capítulo y abrir otro. Sí, creo que era el momento justo para hacer algo así.

Este es mi libro. "Lazos". A la venta, en BUBOK. Si alguien quiere comprarlo, no tiene más que pinchar en la portada...

Noruega (V)

A veces lo más curioso, no es lo más evidente, porque no está a la altura de los ojos...

Hay que mirar al suelo...

Abrir los ojos, y descubrir que, incluso sobre la tapa de una alcantarilla, se puede contar una pequeña historia...

... a quien quiera escucharla.

NORUEGA (IV)

Aunque una no se acostubra a las barbaridades arquitectónicas que se perpetran en este país nuestro, especialmente en forma de chalets adosados, la vista se te termina haciendo a las conejeras que rompen la línea del paisaje de cada vez más pueblos...


Así que, lógicamente, cuando ves casas bonitas, te entra una sensación de irrealidad que no hace más que aumentar cuando ves no sólo una...



Ni dos...


Sino muchas más de tres...


Noruega (III)

Cuando el paisaje que se extiende habitualmente ante tus ojos se reduce a unas montañas a lo lejos, y a unos secarrales amarillos mesetarios que dan calor sólo de mirarlos, hay lugares en los que, incluso cuando estás dentro, parecen de mentira...


Y también te preguntas si los que viven ahí se darán cuenta de la suerte que tienen de pertenecer a un sitio tan hermoso...


O sólamente eres tú el que lo ve tan bonito porque está lejos, y es tan distinto a lo que te rodea...


Y te preguntas si será que sólo deseamos lo que no tenemos...

NORUEGA (II)

En los centros comerciales de Noruega, no sólo hay aparcamientos para los coches. En la puerta, uno puede deja aparcada la bici...

... el perro...

... y lo mejor de todo...


... ¡ el trineo!

NORUEGA (I)

Han sido casi tres semanas dando tumbos por tierras escandinavas, sobre todo por Noruega. A pesar de llevar puestas ya varias lavadoras y de haber dormido dos noches en mi cama, aún me cuesta creer que estoy aquí, en casa, y no allí, con la mochila a la espalda, o leyendo a Henning Mankell en alguna estación de tren perdida más allá del Círculo Polar Artico, mientras llega el próximo tren...


Es curiosa la sensación de llevar tu casa contigo, como los caracoles. Cargar todo el tiempo con todo lo que te hará falta en las próximas tres semanas te hace valorar lo necesario y distinguirlo de lo superfluo. Y te da una sensación de libertad que, estoy segura, no consiguen esas personas que se ven a menudo por los aeropuertos, empujando carritos rebosantes de maletas mastodónticas a punto de reventar.


Pero el tren tiene un defecto: no llega a todas partes. Y las Islas Lofoten merecían una visita más pausada y a fondo. Nuestro amigo japonés nos acompañó durante dos días. Ahora que lo pienso, ¿por qué será que me persiguen los coches rojos? Que conste que fue pura casualidad...


Han sido días de descubrimiento constante, a cada paso, de cansancio del bueno, del que no te para ni te aniquila, sino todo lo contrario... Dando gracias mentalmente más de una vez, y de dos, a esa madre previsora a la que se le ocurrió apuntarme a inglés en lugar de a ballet, y aún así sentir a menudo una impotencia parecida a la que debe sentir el que no sabe leer ni escribir, tiene que guiarse por el dibujo de la lata de conservas... Tiempo con una consistencia diferente, elástica, en parte por la ruptura absoluta con la rutina habitual, propia de las vacaciones, pero sobre todo por ese exceso de luz solar, en tierras donde ahora el sol no se pone, literalmente, aunque las nubes intenten ocultarlo... Es desconcertante despertarte en medio de la ¿noche?, mirar el reloj, ver que marca las 4 de la madrugada, y comprobar la luz que entra por la ventana es la exactamente misma que la que había a las 7 de la tarde...


Días largos, ni muchos ni pocos, los suficientes para comprobar que el mundo que está ahí fuera., aunque creamos que no y pensemos que todo está excesivamente globalizado, todavía puede ser muy diferente. Y que aunque a veces agobie un poco sentirse extranjero, y te encuentres echando de menos cosas que normalmente no valoras demasiado, incluso viendo el fútbol en un bar y gritando "¡Gol!", está bien saber que todo puede ser aún tan distinto a lo que te rodea. Porque eso, en cierto modo, también hace que te des cuenta de cómo eres tú realmente...

Aeropuerto de Estocolmo. Después de una noche infernal en el tren, lleno de adolescentes suecas ruidosas, un borracho gritón y unos asientos diseñados para cualquier otra cosa menos para poder dormir... Echando de menos el kit que los ferrocarriles noruegos ofrecen para un trayecto similar en unos asientos bastante mejores, y con un público considerablemente mejor educado: aqui no ha habido ni manta polar, ni almohada hinchable, ni antifaz, ni tapones para los oidos. Llegamos a Estocolmo a las 7 de la mañana, tan muertos que directamente cogemos el tren para el aeropuerto de Arlanda, a pesar de que nuestro avión no sale hasta las 3 de la tarde. Afortunadamente, nos acompañan los inspectores Kurt Wallander y Salvo Montalbano... Y nos quedan suficientes coronas suecas como para gastarlas aquí y aligerar un poco el tiempo de espera.
Cophenague me ha parecido una ciudad muy parecida a otras ciudades españolas o francesas, es decir, ruidosa, sucia y con demasiado tráfico, a pesar de las bicicletas, tan numerosas como en Amsterdam (y muy peligrosas para los peatones, mucho más que los coches. No se las oye y los ciclistas son realmente agresivos con los peatones despistados que invaden los carriles bici...).
De Suecia, lo mejor ha sido Lund, con mucho. Pero también se parece demasiado a la Europa que ya conocía...
Quizás Noruega puso el listón demasiado alto, porque ha sido lo mejor de todo el viaje. Ciudades y campo, gente y servicios. Todo. Un lugar aún virgen y con personalidad propia, bastante poco globalizado. Ojalá siga así durante mucho tiempo...
Han sido tres semanas, ni mucho tiempo ni poco, lo justo. Otros años el mes entero terminaba pesando demasiado, no ha sido así esta vez. Quizás había más ganas de disfrutar estos días, o más necesidad, pero creo que ha sido decisivo sentir que no estaba sobre mí la espada de Damocles de la vuelta al trabajo, con los montones de papeles esperándome en mi mesa, y los problemas ligados a mi ausencia. También la manera de viajar ayuda, el Interrail, los albergues, la sensación (y la obligación, en algunos momentos) de poder cambiar unos planes que nunca fueron tales...
He disfrutado mucho, aunque como dije ayer, me alegro de volver a casa...